miércoles, noviembre 5

Cinco

Lee antes los anteriores capítulos:
> Primer capítulo
> Segundo capítulo
> Tercer capítulo
> Cuarto capítulo


En el camino de vuelta Serge también estornudó, y luego yo, después él de nuevo y finalmente yo por tres veces, muy seguidas estas tres últimas, notando siempre que cada estornudo no era suficiente y que necesitaba sacarlo del todo, ese picor, al menos una vez más. También lo sentí así con el último, que debió ser penúltimo, pero el picor se desvaneció abandonándome con una sensación molesta, tanto o más que el propio picor.

Ya en mi portal Serge se despedía, yo carraspeaba con el gesto cruzado y él volvía a estornudar para gruñir su hasta mañana entre toses. Se conoce que el estornudo único de Odette, pudoroso y casi cándido, había sido suficiente para contagiar el mal ligero que ahora incubaba en nuestros organismos, aún ignorantes. Era lo lógico: bastante tenía yo con intentar reaccionar desde mi inicial acongojo como para prestar atenciones a posibles alertas víricas, peligros absolutamente inconcebibles en la persona mística e idealizada de Odette, aquella que incluso estornudando es capaz de regalar música a mis oídos.

Como bien recoge cualquier tratado de Historia de la Música, después de las armonías lúdicas de Mozart, las tan emotivas de Beethoven, las densas de Brahms o las aún más cargadas de Mahler, antes o después había de llegar la ruptura, el estruendo, la insolencia y la disonancia: Serge y yo compusimos durante el regreso nuestro particular manifiesto dodecafonista, armonizando atonalmente estornudos, toses y carraspeos, y demostrando que idénticos instrumentos pueden resolver en resultados contrapuestos: del dulce estornudo al desagradable estornudo.

Durante los días siguientes -¿dos?, ¿tres?, ¡qué pereza recordarlo!- no vi a Serge. Mientras yo ahogaba el escozor con agua y café de máquina, a 40 céntimos en vaso de plástico, él dramatizaba el incordio lo suficiente como para quedarse en casa. Sin necesidad de ningún tipo de contador, fuese digital o analógico, diría que en nuestras conversaciones telefónicas yo seguía tosiendo, estornudando o carraspeando más que él. Ser vago es un talento, y no pienso discutírselo, ni discutirlo con nadie, y el perezoso es un zángano mediocre que se esfuerza. Para ser mayúsculamente Vago, en estricta plenitud de significado, hay que nacer con el don. Yo mismo sería incapaz de yacer en cama días y días alegando que mis doce toses diarias son, realmente, una enfermedad de tres pares de narices.

Durante los días que no vi a Serge tampoco supe más de Odette. Con Serge, al menos, podía hablar por teléfono de tanto en cuanto. De Odette no me hablaba ni la pared endeble de mi cuarto. Y Serge, con tanto tiempo que perder y tan pocas ganas de hacer, tuvo tiempo para pensar (más tarde me lo confesaría y me diría) en ella y en mí y en los dos y en los tres, y para probar combinaciones mentales: qué papel tiene cada uno en esta historia, qué debería hacer (yo), qué debería proponer (él), y qué es lo que me pasa.

Qué me va a pasar... ¡Que Odette me ha pegado este constipado de caballo! Y es con esta locuaz e intrascendente naturalidad como al final llegué efectivamente a dejarla deambular por mis pensamientos más banales, y con esto vengo a decir que con esa naturalidad la estaba convirtiendo en uno más entre quién sabe cuántos recuerdos irrelevantes y quién sabe cuántas conexiones neuronales, siempre deambulando entre olvidos y de tanto en cuando saliendo para aflorar en algún vago recuerdo, incluso a menudo sólo como absurdo apoyo a algún pensamiento fugaz y pronto abandonado, que poco o nada solía tener que ver con ella.

Como en todo aquello que necesita y vive de sucesivos y espaciados momentos de clímax, puedo recordar ahora con nitidez inusual que justo antes de cada uno de los instantes en que llegué a coincidir con Odette yo atravesaba idénticas etapas de dejadez natural (aquella naturalidad) hacia su recuerdo, de regreso a las exigencias de la rutina y la vulgaridad, y de casi olvido de lo fuera de lo común y lo especial: ésto era ella.

lunes, octubre 20

Cuatro

Lee antes los anteriores capítulos:
> Primer capítulo
> Segundo capítulo
> Tercer capítulo


En verdad no estaba listo para conocer a Odette íntegramente, la necesitaba por fascículos tras la oferta de lanzamiento de aquella noche desde su lado de la pared, o quizá debería conceder ahora, desde esta distancia cómoda y fácil y por lo tanto ventajista, que es probable que tampoco la necesitase en aquel momento concreto, habían pasado varios día ya desde que su voz se me presentase despidiéndose ella de su intruso interlocutor, y el fulgor noctámbulo del soul había decaído gradualmente a un tímido y respetuoso ritmo de batería, tranquilo y controlado. La curiosidad nerviosa de los primeros días era ahora un interés secundario en el orden del día.

Aún así la sola mención de su nombre servía para recuperar un bien conocido sentir de inestabilidad en mi pulso mental, que no podía admitir ni reconocer de puertas hacia fuera (ahora no me apetecía contárselo siquiera a Serge) y que me reafirmaba en mi discurso: no estoy listo para conocerla del todo, ya irá dibujándose por partes.

-Lo peor de un plan como el tuyo es que no es plan y que por no ser plan, por eso precisamente, fallará justo cuando más jode, que suele ser bien cerca del final: habrás conocido su voz y sus orejas y su nariz y a lo mejor sus cabellos, sus pómulos, sus pestañas o sus cejas, y cuando ya solamente estés esperando a conocer el color de su mirada descubrirás que se ha ido y que ahora dice tonterías desde el otro lado de la pared de cualquier otro en cualquier otra parte de la ciudad, o directamente en otra ciudad, o directamente sin pared de por medio.

Cualquiera podría haberme avisado así, pero era Serge el que hablaba, porque aunque a mí no me apetecía contárselo ni siquiera a él, finalmente así lo hice, como bien sabía que finalmente haría por más que me había repetido a mí mismo: todo esto es una tontería, olvídalo.

Cuando Serge sacaba a colación la cuestión Odette –así la había bautizado– el tímido, respetuoso, tranquilo y controlado ritmo de batería se volvía de nuevo una caótica pelea de voces, graznidos y cacareos varios, entre apoyos de trompetas y guitarras a medio camino entre un compás inestable y la definitiva ruptura, con alma de soul y cuerpo de negra culona. Volvían los nervios y la letra de mi canción rezaba porque Serge cambiase de tema. Pedírselo expresamente era inútil porque poco caso me haría, si realmente un tema era de su interés andarse con evasivas servía de poco con él y podía seguir machacando horas y horas en busca de respuestas, datos o simples sensaciones que él percibía y recogía hábilmente entre negaciones, rostros girados, silencios, mal disimulados monosílabos e incluso a veces bien fingidas cortesías.

Yo hacía tiempo que sabía que con él ocultar, disimular o incluso disfrazar la verdad eran tácticas estériles y vanos esfuerzos, pero su compañía aún así o quizá precisamente por eso me era siempre grata, y el juego incluso cuando yo no estaba de ánimo para tonterías se me volvía inevitable y necesario, aún desde la pereza. Era casi ya una tradición. Y para quienes en ese instante nos observasen eramos dos amigos en incoherente tensión amistosa, él ocupando algo más de lo que su asiento le ofrecía y yo un poquito menos de lo que él me permitiría abarcar en el mío, así que el equilibrio era justo y adecuado.

-Oh, no, no, noooo.

Maybe you’re crazy, me envolvían Serge (ahora ausente, su atención desperdigada en a saber cuántos focos) y la negra culona desde el hilo musical, en improbable dueto.

-¡Oh, no!

Como en una secuencia sin gracia de alguna comedia estúpida que jamás habríamos pagado por ir a ver, la tapa de una alcantarilla situada (torpe decisión de guionista novato en el género) en el centro exacto de nuestro carril (acera repleta a nuestra derecha, otro autobús a ritmo calmo a nuestra izquierda, imposible esquivarla) se elevó lo suficiente para dejar asomar el gesto imposible y sucio de un obrero desorientado, repentinamente cegado por la luz del mundo exterior al mundo de las cloacas del que emergía, oteando ahora cual animal del subsuelo perdido y buscando algo de información visual: ¿dónde estoy? Todo ésto os lo cuento yo, a quien no cegaba el sol porque simplemente estaba ciego en plenitud, es decir, en aquel tiempo era ciego.

En el minúsculo espacio de tiempo en que todo ocurrió Serge acertó a seguir contando: En un envidiable (y admirable) alarde de reflejos, el operario supo dejarse caer a tiempo de evitar la desgracia (la suya desde luego) y se vio de nuevo en el fondo del alcantarillado, quizá sumergido o sentado sobre aguas fecales. Antes de que el autobús se llevara por delante entre música de frenos la tapa de alcantarilla, el hombre ya se había soltado y en lo que él caía el bus perdía el control de su dirección y acababa por cruzarse con estrépito de lado a lado de la calle para golpear de refilón (casi un culatazo, o un culazo) a una furgoneta no demasiado grande pero anchota, arrogante y con arrestos: no se hizo demasiado daño. Tampoco el bus. Ni nosotros, a bordo.

Aún así nos tocó quedarnos un rato por allí, parafernalias, aunque Serge no se había hecho absolutamente nada y yo solamente tenía un par de rasguños y no veía, pero esto último no era cosa del accidente, claro. Llegaron las asistencias, la policía, decenas de curiosos y algún fotógrafo espabilado que conseguía la foto oportuna para las páginas de Local del diario de mañana.

-¿Ustedes dos están bien?

Oh, no.

Odette.

-Sí, vaya, qué le voy a decir, chica, mejor aquí que trabajando. Hoy que tenemos excusa... -Serge estaba encantado. Me había contado el espectáculo en directo como buenamente fue capaz, sobre la marcha; más tarde me relataría lo que ya era un suceso con mayor calma y detalle.

Mientras que Serge respondía, en el fondo del alcantarillado el obrero acaso seguiría sentado, todavía asustado, y las aguas correrían nauseabundas (espesas) entre sus tobillos y entre sus pantorrillas, sus nalgas empezarían a doler por el prolongado apoyo, cada una aplastada contra el suelo -pero él no estaría como para darse cuenta de eso todavía.

Odette estornudó entonces. Yo, que ya era la figura pasmada de un bufón que se ha quedado sin palabra, pasé a convertirme directamente en el payaso mudo del que hacen chanza todos y cada uno de los gags de la función. ¿Están bien?, había preguntado ella, y yo la había reconocido, era Odette, eran la voz y la boca de Odette. Y ahora era ya un poquito más: era también su estornudo y su nariz.

-¿Cómo sabe mi nombre?

Mi gesto tenía fáciles pero diferentes lecturas para Odette y para Serge: Para ella yo sería un usuario más del transporte público, recién accidentado y por lo tanto todavía aturdido, incluso asustado como el operario en el fondo de las cloacas con el agua nauseabunda (espesa) entre sus tobillos y sus pantorillas; para ella yo mostraba la misma cara de bobo que el niño que acaba de estampar su bicicleta contra el escaparate de la zapatería; para el clarividente Serge todo se había traducido en cambio en una verdad única: mi estupor delataba a la muchacha que nos atendía, ella era Odette, ¡así de sencillo!

-No se preocupe, atienda a otros, Odette, nosotros estamos bien.

-¿Cómo sabe mi nombre?

Serge nunca era inoportuno realmente, ya que si lo era o eso parecía a ojos de los demás, era en verdad por su propia y bien consciente decisión, y siendo así es innegable que él marcaba su oportunidad o, aún es más, oportunismo; ¿cómo podía por lo tanto ser inoportuno cuando él precisamente quería decir o hacer aquello para conseguir a causa un efecto concreto?

-Mi amigo le conoce.

Pero a mí me pareció jodidamente inoportuno, y estúpido.

-¡Odette! ¡No te entretengas! -gritó alguien que no era Serge, jodidamente oportuno. O ahora pienso que quizá todo lo contrario.

Como si fuese un llamado mágico, y tras un silencio de valor musical interminable (una redonda en un segundo movimiento: un Largo casi sibilino, taimado), escuché sus pasos que marchaban a atender a otras personas, que no sabían de su nombre ni de su boca, ni de su nariz, como ahora yo bien sabía.


lunes, octubre 13

Tres

Lee antes los anteriores capítulos:
> Primer capítulo
> Segundo capítulo


-Durante los siete meses que pasé prisionero conocí a un chico al que le ocurrió exactamente lo mismo que a ti. Se levantó una mañana en el barracón, nos miró a todos y nos dimos cuenta de que más bien estaba buscando algo que mirar. Algo que llevarse a la vista, así lo definió Marcel, hazte cargo, todos pasábamos un hambre de tres pares de narices allí, así que tendrás que perdonarle la expresión. Aunque no sé como habrás de perdonar algo a alguien que ni siquiera conoces. No importa, en cualquier caso, aquel chico, no recuerdo ni su nombre, puso cara de susto, de pánico más bien, cuando se dio cuenta de que no podía llevarse nada a la vista. Al principio no teníamos claro qué ocurría así que cuando le notamos el gesto de miedo algunos miramos detrás, deprisa. Quién sabía qué podría estar viendo, lo que era claro es que no nos miraba a nosotros.

El que hablaba era Serge, y si había de hacer caso a sus relatos eran muchos los países en los que pasó meses prisionero, variables cautiverios de semanas unas veces o de largos meses otras.

-Pero no, ya te digo, lo que pasaba es que él sí intentaba mirar, pero ya no veía. Se había quedado ciego de repente. Gritó, y gritó y empezó a manotear en el aire, pero nada, chico. Le limpiamos la cara, no tenía legañas, nada de suciedad, ni irritación siquiera, los ojos parecían normales a simple vista. Aún así le limpiamos a conciencia. Pero nada, chico.

Serge padecía de sobrepeso hasta extremos prácticamente épicos, y sin embargo dios o la impredecible Naturaleza (si no son lo mismo) le había dotado de una agilidad incomprensible en un cuerpo de esas dimensiones. No era difícil verle llegar tarde a su cita matutina con el autobús y conseguir subirse con un último sprint y dos acompasados saltos de gacela elefantiásica. Incluso los transeúntes que habían podido verle más de una vez en esta circunstancia seguían sorprendiéndose, como si acostumbrarse a un ballet de rinocerontes fuese un imposible. El autobús, al sentirle caer tan grácil como pesado sobre su superficie, se dolía y vencía peligrosamente hacia ese lado, pero Serge pronto se colocaba en el centro, echaba la mano a una de las agarraderas y el vehículo seguía su camino recuperándose entre quejas.

A la vista, Serge no se aparecía como alguien agradable, menos aún higiénico. No solía esforzarse demasiado en sonreir, seguramente no creía que fuese necesario para él o tal vez no la considerase hermosa, atrayente o al menos apacible para los demás, así que por un motivo o (tal vez) por el otro se ahorraba el esfuerzo. Además, su hiperbólica obesidad le provocaba un nivel de sudoración tal que en días de invierno no era descabellado hablar de líquido; en periodo estival sus amigos habían asimilado que el chubasquero les ponía en ridículo bajo el sol seco e inmisericorde de Madrid, así que más valía asumirlo y dejarlo estar.

Pese a las apariencias, Serge era agradable e higiénico, y realmente simpático, y aquellos que habíamos logrado sumergirnos más allá de la sudada superficie conocíamos con detalle sus chistes a la hora del almuerzo, sus monedas sueltas y musicales entrechocando en los bolsillos (siempre listas para pagar el café de cualquier compañero), y su obsesivo esmero y enfermizo detalle al cepillarse los dientes tras cada ingesta: el almuerzo, el café y todo lo demás.

Que yo recuerde, nunca le conocí, refiriéndome aquí a la primera vez, haya o no presentación formal; en verdad crecimos en contacto casi permanente e intuyo que, de habernos conocido de algún modo concreto y destacado, debió ser en ese difuso tiempo infantil del que uno nunca recuerda nada, yo al menos. Ya de pequeños él era más ágil y certero en movimientos, aunque de tanto en cuanto rompía macetas, destrozaba el papel de las paredes o se ganaba el rapapolvo de turno por este o aquel destrozo. Su volumen ya era desproporcionado. Yo me contentaba con cumplir con la media: de peso, de altura, de velocidad o de inteligencia, sin exigencias pero sin reseñables limitaciones. Sólo había un concreto, destacado y reseñable detalle: Entre todos los chicos normales del barrio, yo era el único amigo del Gran Serge.

Él seguía contándome.

-Lo último que supe de él allí es que seguía sin ver, pero se había convertido en una celebridad, prácticamente. El pájaro supo sacarle provecho, chico. Todos le pedían consejo, aunque fuese para auténticas estupideces. Ya me dirás tú que demonios sabía aquel tipo de mecánica, por ejemplo. Pero los demás le pedían consejo, ya ves tú. Él era feliz y de alguna manera inexplicable sus consejos funcionaban. Casi siempre, al menos. Supongo que no fue más que una inusual racha de buena suerte. Mejor hubiera hecho en aprovecharla con las cartas. Ahora que lo recuerdo para contártelo, pienso en él durante esos días (aunque en verdad sólo sé de esos días por lo que llegaron a contarme) y me entran ganas de conocer cómo salió del paso cuando se le pasó la racha, porque antes o después le tuvo que pasar. Él tuvo la suya y de veras que debió ser larga según me dijeron, pero tal como la tienes se te revuelve y te jode. No recuerdo cómo se llamaba. Chico, ¡qué memoria la mía! Da igual. La cosa es que él también se quedó ciego de repente.

Y tras esa "cosa" Serge calló. Lo cierto es que yo que conozco la historia (aunque él siga contándome versiones varias como si no supiese que sé perfectamente la verdad) sí puedo contar que Serge estuvo realmente prisionero en Japón, pero pocos saben que él no fue allí por la guerra; simplemente pasaba por allí. Nadie sabe que pintaba en Japón en días tan inoportunos (nunca fue ni será tan sarcástico el adjetivo), sólo él conoce los motivos que le llevaron allí y a pasar los peores meses de su vida, que finalizaron prácticamente con la visión de aviones militares norteamericanos destrozando sin necesidad de mayor puntería a base de bombazos el mismo complejo en el que él se encontraba prisionero. Salvó el pellejo de milagro, es decir gracias a dios o a la impredecible Naturaleza, que son lo mismo.

Ese mismo Serge fue, también, quien primero me aconsejó, de modo tan práctico (y aparentemente sencillo), que cuando volviera a casa caminase apenas unos metros más y me plantase ante la puerta contigua: Un par de golpes en la madera y desvelar así mi misterio vecino. Pero yo no estaba preparado para ver a Odette, no aún, le dije. Apenas sí he entrevisto una pequeña porción de su rostro, un mínimo cuadro rojo o azul en un lienzo de Mondrian (no, el azul no), enigmático pero insuficiente todavía, no puedo plantarme ya ante la puerta contigua y ante ella sin saber lo que pretendo.

Él sabía antes ya de aconsejarme que yo no haría caso y no esperó al "no aún": Asiéndome sin esfuerzo por los sobacos me izó a la escalerilla del autobús y seguido noté el golpe brutal bajo mis pies (el mismo que notaron todos los pasajeros y el conductor, y más que nadie el propio autobús): Los dos estábamos a bordo. Durante el viaje siguió preguntándome acerca de Odette.