Lee antes los anteriores capítulos:
> Primer capítulo
> Segundo capítulo
> Tercer capítulo
> Cuarto capítulo
En el camino de vuelta Serge también estornudó, y luego yo, después él de nuevo y finalmente yo por tres veces, muy seguidas estas tres últimas, notando siempre que cada estornudo no era suficiente y que necesitaba sacarlo del todo, ese picor, al menos una vez más. También lo sentí así con el último, que debió ser penúltimo, pero el picor se desvaneció abandonándome con una sensación molesta, tanto o más que el propio picor.
Ya en mi portal Serge se despedía, yo carraspeaba con el gesto cruzado y él volvía a estornudar para gruñir su hasta mañana entre toses. Se conoce que el estornudo único de Odette, pudoroso y casi cándido, había sido suficiente para contagiar el mal ligero que ahora incubaba en nuestros organismos, aún ignorantes. Era lo lógico: bastante tenía yo con intentar reaccionar desde mi inicial acongojo como para prestar atenciones a posibles alertas víricas, peligros absolutamente inconcebibles en la persona mística e idealizada de Odette, aquella que incluso estornudando es capaz de regalar música a mis oídos.
Como bien recoge cualquier tratado de Historia de la Música, después de las armonías lúdicas de Mozart, las tan emotivas de Beethoven, las densas de Brahms o las aún más cargadas de Mahler, antes o después había de llegar la ruptura, el estruendo, la insolencia y la disonancia: Serge y yo compusimos durante el regreso nuestro particular manifiesto dodecafonista, armonizando atonalmente estornudos, toses y carraspeos, y demostrando que idénticos instrumentos pueden resolver en resultados contrapuestos: del dulce estornudo al desagradable estornudo.
Durante los días siguientes -¿dos?, ¿tres?, ¡qué pereza recordarlo!- no vi a Serge. Mientras yo ahogaba el escozor con agua y café de máquina, a 40 céntimos en vaso de plástico, él dramatizaba el incordio lo suficiente como para quedarse en casa. Sin necesidad de ningún tipo de contador, fuese digital o analógico, diría que en nuestras conversaciones telefónicas yo seguía tosiendo, estornudando o carraspeando más que él. Ser vago es un talento, y no pienso discutírselo, ni discutirlo con nadie, y el perezoso es un zángano mediocre que se esfuerza. Para ser mayúsculamente Vago, en estricta plenitud de significado, hay que nacer con el don. Yo mismo sería incapaz de yacer en cama días y días alegando que mis doce toses diarias son, realmente, una enfermedad de tres pares de narices.
Durante los días que no vi a Serge tampoco supe más de Odette. Con Serge, al menos, podía hablar por teléfono de tanto en cuanto. De Odette no me hablaba ni la pared endeble de mi cuarto. Y Serge, con tanto tiempo que perder y tan pocas ganas de hacer, tuvo tiempo para pensar (más tarde me lo confesaría y me diría) en ella y en mí y en los dos y en los tres, y para probar combinaciones mentales: qué papel tiene cada uno en esta historia, qué debería hacer (yo), qué debería proponer (él), y qué es lo que me pasa.
Qué me va a pasar... ¡Que Odette me ha pegado este constipado de caballo! Y es con esta locuaz e intrascendente naturalidad como al final llegué efectivamente a dejarla deambular por mis pensamientos más banales, y con esto vengo a decir que con esa naturalidad la estaba convirtiendo en uno más entre quién sabe cuántos recuerdos irrelevantes y quién sabe cuántas conexiones neuronales, siempre deambulando entre olvidos y de tanto en cuando saliendo para aflorar en algún vago recuerdo, incluso a menudo sólo como absurdo apoyo a algún pensamiento fugaz y pronto abandonado, que poco o nada solía tener que ver con ella.
Como en todo aquello que necesita y vive de sucesivos y espaciados momentos de clímax, puedo recordar ahora con nitidez inusual que justo antes de cada uno de los instantes en que llegué a coincidir con Odette yo atravesaba idénticas etapas de dejadez natural (aquella naturalidad) hacia su recuerdo, de regreso a las exigencias de la rutina y la vulgaridad, y de casi olvido de lo fuera de lo común y lo especial: ésto era ella.