lunes, octubre 20

Cuatro

Lee antes los anteriores capítulos:
> Primer capítulo
> Segundo capítulo
> Tercer capítulo


En verdad no estaba listo para conocer a Odette íntegramente, la necesitaba por fascículos tras la oferta de lanzamiento de aquella noche desde su lado de la pared, o quizá debería conceder ahora, desde esta distancia cómoda y fácil y por lo tanto ventajista, que es probable que tampoco la necesitase en aquel momento concreto, habían pasado varios día ya desde que su voz se me presentase despidiéndose ella de su intruso interlocutor, y el fulgor noctámbulo del soul había decaído gradualmente a un tímido y respetuoso ritmo de batería, tranquilo y controlado. La curiosidad nerviosa de los primeros días era ahora un interés secundario en el orden del día.

Aún así la sola mención de su nombre servía para recuperar un bien conocido sentir de inestabilidad en mi pulso mental, que no podía admitir ni reconocer de puertas hacia fuera (ahora no me apetecía contárselo siquiera a Serge) y que me reafirmaba en mi discurso: no estoy listo para conocerla del todo, ya irá dibujándose por partes.

-Lo peor de un plan como el tuyo es que no es plan y que por no ser plan, por eso precisamente, fallará justo cuando más jode, que suele ser bien cerca del final: habrás conocido su voz y sus orejas y su nariz y a lo mejor sus cabellos, sus pómulos, sus pestañas o sus cejas, y cuando ya solamente estés esperando a conocer el color de su mirada descubrirás que se ha ido y que ahora dice tonterías desde el otro lado de la pared de cualquier otro en cualquier otra parte de la ciudad, o directamente en otra ciudad, o directamente sin pared de por medio.

Cualquiera podría haberme avisado así, pero era Serge el que hablaba, porque aunque a mí no me apetecía contárselo ni siquiera a él, finalmente así lo hice, como bien sabía que finalmente haría por más que me había repetido a mí mismo: todo esto es una tontería, olvídalo.

Cuando Serge sacaba a colación la cuestión Odette –así la había bautizado– el tímido, respetuoso, tranquilo y controlado ritmo de batería se volvía de nuevo una caótica pelea de voces, graznidos y cacareos varios, entre apoyos de trompetas y guitarras a medio camino entre un compás inestable y la definitiva ruptura, con alma de soul y cuerpo de negra culona. Volvían los nervios y la letra de mi canción rezaba porque Serge cambiase de tema. Pedírselo expresamente era inútil porque poco caso me haría, si realmente un tema era de su interés andarse con evasivas servía de poco con él y podía seguir machacando horas y horas en busca de respuestas, datos o simples sensaciones que él percibía y recogía hábilmente entre negaciones, rostros girados, silencios, mal disimulados monosílabos e incluso a veces bien fingidas cortesías.

Yo hacía tiempo que sabía que con él ocultar, disimular o incluso disfrazar la verdad eran tácticas estériles y vanos esfuerzos, pero su compañía aún así o quizá precisamente por eso me era siempre grata, y el juego incluso cuando yo no estaba de ánimo para tonterías se me volvía inevitable y necesario, aún desde la pereza. Era casi ya una tradición. Y para quienes en ese instante nos observasen eramos dos amigos en incoherente tensión amistosa, él ocupando algo más de lo que su asiento le ofrecía y yo un poquito menos de lo que él me permitiría abarcar en el mío, así que el equilibrio era justo y adecuado.

-Oh, no, no, noooo.

Maybe you’re crazy, me envolvían Serge (ahora ausente, su atención desperdigada en a saber cuántos focos) y la negra culona desde el hilo musical, en improbable dueto.

-¡Oh, no!

Como en una secuencia sin gracia de alguna comedia estúpida que jamás habríamos pagado por ir a ver, la tapa de una alcantarilla situada (torpe decisión de guionista novato en el género) en el centro exacto de nuestro carril (acera repleta a nuestra derecha, otro autobús a ritmo calmo a nuestra izquierda, imposible esquivarla) se elevó lo suficiente para dejar asomar el gesto imposible y sucio de un obrero desorientado, repentinamente cegado por la luz del mundo exterior al mundo de las cloacas del que emergía, oteando ahora cual animal del subsuelo perdido y buscando algo de información visual: ¿dónde estoy? Todo ésto os lo cuento yo, a quien no cegaba el sol porque simplemente estaba ciego en plenitud, es decir, en aquel tiempo era ciego.

En el minúsculo espacio de tiempo en que todo ocurrió Serge acertó a seguir contando: En un envidiable (y admirable) alarde de reflejos, el operario supo dejarse caer a tiempo de evitar la desgracia (la suya desde luego) y se vio de nuevo en el fondo del alcantarillado, quizá sumergido o sentado sobre aguas fecales. Antes de que el autobús se llevara por delante entre música de frenos la tapa de alcantarilla, el hombre ya se había soltado y en lo que él caía el bus perdía el control de su dirección y acababa por cruzarse con estrépito de lado a lado de la calle para golpear de refilón (casi un culatazo, o un culazo) a una furgoneta no demasiado grande pero anchota, arrogante y con arrestos: no se hizo demasiado daño. Tampoco el bus. Ni nosotros, a bordo.

Aún así nos tocó quedarnos un rato por allí, parafernalias, aunque Serge no se había hecho absolutamente nada y yo solamente tenía un par de rasguños y no veía, pero esto último no era cosa del accidente, claro. Llegaron las asistencias, la policía, decenas de curiosos y algún fotógrafo espabilado que conseguía la foto oportuna para las páginas de Local del diario de mañana.

-¿Ustedes dos están bien?

Oh, no.

Odette.

-Sí, vaya, qué le voy a decir, chica, mejor aquí que trabajando. Hoy que tenemos excusa... -Serge estaba encantado. Me había contado el espectáculo en directo como buenamente fue capaz, sobre la marcha; más tarde me relataría lo que ya era un suceso con mayor calma y detalle.

Mientras que Serge respondía, en el fondo del alcantarillado el obrero acaso seguiría sentado, todavía asustado, y las aguas correrían nauseabundas (espesas) entre sus tobillos y entre sus pantorrillas, sus nalgas empezarían a doler por el prolongado apoyo, cada una aplastada contra el suelo -pero él no estaría como para darse cuenta de eso todavía.

Odette estornudó entonces. Yo, que ya era la figura pasmada de un bufón que se ha quedado sin palabra, pasé a convertirme directamente en el payaso mudo del que hacen chanza todos y cada uno de los gags de la función. ¿Están bien?, había preguntado ella, y yo la había reconocido, era Odette, eran la voz y la boca de Odette. Y ahora era ya un poquito más: era también su estornudo y su nariz.

-¿Cómo sabe mi nombre?

Mi gesto tenía fáciles pero diferentes lecturas para Odette y para Serge: Para ella yo sería un usuario más del transporte público, recién accidentado y por lo tanto todavía aturdido, incluso asustado como el operario en el fondo de las cloacas con el agua nauseabunda (espesa) entre sus tobillos y sus pantorillas; para ella yo mostraba la misma cara de bobo que el niño que acaba de estampar su bicicleta contra el escaparate de la zapatería; para el clarividente Serge todo se había traducido en cambio en una verdad única: mi estupor delataba a la muchacha que nos atendía, ella era Odette, ¡así de sencillo!

-No se preocupe, atienda a otros, Odette, nosotros estamos bien.

-¿Cómo sabe mi nombre?

Serge nunca era inoportuno realmente, ya que si lo era o eso parecía a ojos de los demás, era en verdad por su propia y bien consciente decisión, y siendo así es innegable que él marcaba su oportunidad o, aún es más, oportunismo; ¿cómo podía por lo tanto ser inoportuno cuando él precisamente quería decir o hacer aquello para conseguir a causa un efecto concreto?

-Mi amigo le conoce.

Pero a mí me pareció jodidamente inoportuno, y estúpido.

-¡Odette! ¡No te entretengas! -gritó alguien que no era Serge, jodidamente oportuno. O ahora pienso que quizá todo lo contrario.

Como si fuese un llamado mágico, y tras un silencio de valor musical interminable (una redonda en un segundo movimiento: un Largo casi sibilino, taimado), escuché sus pasos que marchaban a atender a otras personas, que no sabían de su nombre ni de su boca, ni de su nariz, como ahora yo bien sabía.