miércoles, octubre 8

Dos

¡Lee antes aquí el primer capítulo!


No volví a saber nada de Odette hasta no pocos días después, y en la espera yo imaginaba que más pronto que tarde tenía que suceder que ella pasase por su lado de la pared o parase a descansar o a recoger esto o aquello o que apareciese porque sí (porque no hace falta motivo para estar en la propia casa de uno). Pero su hasta mañana tan dulce fue en verdad un hasta dentro de unos cuantos días, no pocos, y también la incertidumbre: porque uno nunca sabe cuántos días hasta que han pasado.

Y mi primera parte de su rostro se fue apagando en mi retina, en algún punto entre el blanco y el negro, aunque nunca en un punto medio exacto, y mi recién estrenada ceguera recobró su protagonismo, que apenas sí había tenido sólo por unas horas en su primer día. Yo era un nuevo ciego jovial, meritoriamente cabal y consciente de la relatividad de mi tragedia, y todo esto a la de unos pocos días, si bien ahora, con el tiempo consumido, entiendo ese mérito como una reacción inconsciente razonable sólo en motivos irracionales, impulsivos, algo así (y tan estúpido) como escudos lanzados al aire para interceptar flechas al vuelo. Ahora soy infinitamente más quejoso y manipulador. Dónde va a parar.

Yo fui el primer invidente que caminó por la Gran Vía (y por cualquier parte, supongo) con auriculares y el volumen al máximo, ajeno a la banda sonora del mundo, atendiendo a la voz rota de Dylan, que siempre debe escucharse como lo que es: un grito, su canto en segundo plano no tiene sentido. Con un globo de agua entre mis manos prefería parar la música, guardar los auriculares y esperar: Entonces necesitaba escuchar el bullicio madrileño y aislarlo para localizar el sonido único de un motor que se acercaba y de repente ya estaba aquí y justo ahí lanzaba yo el globo, un poco al buen tuntún. Claro que rara vez acertaba, pero esto hacía más deliciosa cada diana, y cuando el globo estallaba en mis tímpanos contra la chapa del vehículo, sin esperar a recibir el frenazo, me apresuraba a recolocar los auriculares, buscar el play con la yema del dedo (el índice en la mano izquierda) y recuperar a Blondie o a Simon y Garfunkel, o a B. B. King y Eric Clapton a dúo: Y yo seguía mi camino, riding with the King.

Más divetimentos. Detenerme con afectado gesto de desorientación y desamparo en el centro exacto de la carretera, a ser posible sobre un paso de cebra. El blanco intermitente en el asfalto se dibujaba como una suerte de subrayado en el perfecto escenario esbozado en mi lastrada retina, que jugaba a lo que podía: imaginar. Los coches, claro, se paraban y nadie se atrevía a apremiar a ese pobre chico desvalido, maldito ciego, a ver si se decide, en qué dirección. Pobres imbéciles, el enredo además de retrasarles les incomodaba y su indecisión se hacía tangible a mi alrededor, podía olerla y sentirla y tocarla, incluseo la veía, como si un runrún de voces que en verdad no existían pintase en clave expresionista el nerviosismo de todos ellos, de cada uno. Y luego, por fin, alguien en tercera o cuarta fila, siempre sucedía así, hacía sonar su claxon, finalmente cansado de esperar.

Era entonces cuando yo me volvía buscando al impaciente y levantaba furibundo mi bastón, apuntando justo allí donde la bocina me había llamado. Era entonces cuando un silencio abrumado, cargado de vergüenza, convertía el lugar en una suerte de cápsula espacial, un escenario de ciencia-ficción en el que yo, a través de la punta de mi bastón, tenía el poder. Así que volvía a interpretar al cieguito desorientado y desamparado, aunque ahora ese cieguito estaba de muy mala leche y movía dubitativamente el bastón buscando al posible culpable, y yo no variaba un ápice mi gesto tenso, nervioso y adornado en la interpretación con todo tipo de tics, sucio truco de actor de segunda que siempre funciona cuando de interpretar a psicópatas, maníacos o dementes se trata. Nunca he entendido por qué son esos actores los que a la postre acaparan todos los premios y parabienes.

Ya en casa a menudo llegaba también el silencio, pero era otro silencio, y si alguien lo rompía era el vecino de arriba, o el de abajo, nunca Odette. A veces era yo mismo, acompañándome las horas sin sueño con Chuck Berry, nunca he sido de dormirme con canciones tranquilas, prefiero un ritmo de baile que me excita cuando estoy pleno de energía y paradójicamente también sabe anestesiarme hasta dormir cuando estoy cansado (como acaso aquel día Odette: hasta mañana).

Sin su rostro, su parte, mi habitación también se convirtió en un barato escenario de ciencia-ficción, pero allí yo no tenía el poder o al menos mi bastón había perdido toda capacidad especial o poder. Y no creáis que no lo probé. Una cualquiera de las noches, de pie en el centro exacto de la estancia, punto medio entre pared y pared, giré ágil bailando apenas sobre la punta de mis pies para clavar enseguida los talones y levantar el bastón en perfecto cierre de esa coreografía que conocía tan bien, la punta al frente buscando agresiva un posible culpable o acaso un atisbo, un resquicio, aunque sea un poquito de poder. Pero no pasaba nada, y al final opté por bajar el bastón para evitar terminar con un calambre en el brazo.

Había olvidado parar la música, noté enseguida, y el nuevo soul anulaba toda opción de silencio, de escenario perfecto. Soy tan despistado que olvidé que estaba sonando, aunque ya no podía olvidar que estaba ciego.

Sí noté que estaba cansado y preferí tumbarme e intentar dormir. No volví a repetir ninguna prueba como aquella, ningún otro día.