lunes, octubre 13

Tres

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-Durante los siete meses que pasé prisionero conocí a un chico al que le ocurrió exactamente lo mismo que a ti. Se levantó una mañana en el barracón, nos miró a todos y nos dimos cuenta de que más bien estaba buscando algo que mirar. Algo que llevarse a la vista, así lo definió Marcel, hazte cargo, todos pasábamos un hambre de tres pares de narices allí, así que tendrás que perdonarle la expresión. Aunque no sé como habrás de perdonar algo a alguien que ni siquiera conoces. No importa, en cualquier caso, aquel chico, no recuerdo ni su nombre, puso cara de susto, de pánico más bien, cuando se dio cuenta de que no podía llevarse nada a la vista. Al principio no teníamos claro qué ocurría así que cuando le notamos el gesto de miedo algunos miramos detrás, deprisa. Quién sabía qué podría estar viendo, lo que era claro es que no nos miraba a nosotros.

El que hablaba era Serge, y si había de hacer caso a sus relatos eran muchos los países en los que pasó meses prisionero, variables cautiverios de semanas unas veces o de largos meses otras.

-Pero no, ya te digo, lo que pasaba es que él sí intentaba mirar, pero ya no veía. Se había quedado ciego de repente. Gritó, y gritó y empezó a manotear en el aire, pero nada, chico. Le limpiamos la cara, no tenía legañas, nada de suciedad, ni irritación siquiera, los ojos parecían normales a simple vista. Aún así le limpiamos a conciencia. Pero nada, chico.

Serge padecía de sobrepeso hasta extremos prácticamente épicos, y sin embargo dios o la impredecible Naturaleza (si no son lo mismo) le había dotado de una agilidad incomprensible en un cuerpo de esas dimensiones. No era difícil verle llegar tarde a su cita matutina con el autobús y conseguir subirse con un último sprint y dos acompasados saltos de gacela elefantiásica. Incluso los transeúntes que habían podido verle más de una vez en esta circunstancia seguían sorprendiéndose, como si acostumbrarse a un ballet de rinocerontes fuese un imposible. El autobús, al sentirle caer tan grácil como pesado sobre su superficie, se dolía y vencía peligrosamente hacia ese lado, pero Serge pronto se colocaba en el centro, echaba la mano a una de las agarraderas y el vehículo seguía su camino recuperándose entre quejas.

A la vista, Serge no se aparecía como alguien agradable, menos aún higiénico. No solía esforzarse demasiado en sonreir, seguramente no creía que fuese necesario para él o tal vez no la considerase hermosa, atrayente o al menos apacible para los demás, así que por un motivo o (tal vez) por el otro se ahorraba el esfuerzo. Además, su hiperbólica obesidad le provocaba un nivel de sudoración tal que en días de invierno no era descabellado hablar de líquido; en periodo estival sus amigos habían asimilado que el chubasquero les ponía en ridículo bajo el sol seco e inmisericorde de Madrid, así que más valía asumirlo y dejarlo estar.

Pese a las apariencias, Serge era agradable e higiénico, y realmente simpático, y aquellos que habíamos logrado sumergirnos más allá de la sudada superficie conocíamos con detalle sus chistes a la hora del almuerzo, sus monedas sueltas y musicales entrechocando en los bolsillos (siempre listas para pagar el café de cualquier compañero), y su obsesivo esmero y enfermizo detalle al cepillarse los dientes tras cada ingesta: el almuerzo, el café y todo lo demás.

Que yo recuerde, nunca le conocí, refiriéndome aquí a la primera vez, haya o no presentación formal; en verdad crecimos en contacto casi permanente e intuyo que, de habernos conocido de algún modo concreto y destacado, debió ser en ese difuso tiempo infantil del que uno nunca recuerda nada, yo al menos. Ya de pequeños él era más ágil y certero en movimientos, aunque de tanto en cuanto rompía macetas, destrozaba el papel de las paredes o se ganaba el rapapolvo de turno por este o aquel destrozo. Su volumen ya era desproporcionado. Yo me contentaba con cumplir con la media: de peso, de altura, de velocidad o de inteligencia, sin exigencias pero sin reseñables limitaciones. Sólo había un concreto, destacado y reseñable detalle: Entre todos los chicos normales del barrio, yo era el único amigo del Gran Serge.

Él seguía contándome.

-Lo último que supe de él allí es que seguía sin ver, pero se había convertido en una celebridad, prácticamente. El pájaro supo sacarle provecho, chico. Todos le pedían consejo, aunque fuese para auténticas estupideces. Ya me dirás tú que demonios sabía aquel tipo de mecánica, por ejemplo. Pero los demás le pedían consejo, ya ves tú. Él era feliz y de alguna manera inexplicable sus consejos funcionaban. Casi siempre, al menos. Supongo que no fue más que una inusual racha de buena suerte. Mejor hubiera hecho en aprovecharla con las cartas. Ahora que lo recuerdo para contártelo, pienso en él durante esos días (aunque en verdad sólo sé de esos días por lo que llegaron a contarme) y me entran ganas de conocer cómo salió del paso cuando se le pasó la racha, porque antes o después le tuvo que pasar. Él tuvo la suya y de veras que debió ser larga según me dijeron, pero tal como la tienes se te revuelve y te jode. No recuerdo cómo se llamaba. Chico, ¡qué memoria la mía! Da igual. La cosa es que él también se quedó ciego de repente.

Y tras esa "cosa" Serge calló. Lo cierto es que yo que conozco la historia (aunque él siga contándome versiones varias como si no supiese que sé perfectamente la verdad) sí puedo contar que Serge estuvo realmente prisionero en Japón, pero pocos saben que él no fue allí por la guerra; simplemente pasaba por allí. Nadie sabe que pintaba en Japón en días tan inoportunos (nunca fue ni será tan sarcástico el adjetivo), sólo él conoce los motivos que le llevaron allí y a pasar los peores meses de su vida, que finalizaron prácticamente con la visión de aviones militares norteamericanos destrozando sin necesidad de mayor puntería a base de bombazos el mismo complejo en el que él se encontraba prisionero. Salvó el pellejo de milagro, es decir gracias a dios o a la impredecible Naturaleza, que son lo mismo.

Ese mismo Serge fue, también, quien primero me aconsejó, de modo tan práctico (y aparentemente sencillo), que cuando volviera a casa caminase apenas unos metros más y me plantase ante la puerta contigua: Un par de golpes en la madera y desvelar así mi misterio vecino. Pero yo no estaba preparado para ver a Odette, no aún, le dije. Apenas sí he entrevisto una pequeña porción de su rostro, un mínimo cuadro rojo o azul en un lienzo de Mondrian (no, el azul no), enigmático pero insuficiente todavía, no puedo plantarme ya ante la puerta contigua y ante ella sin saber lo que pretendo.

Él sabía antes ya de aconsejarme que yo no haría caso y no esperó al "no aún": Asiéndome sin esfuerzo por los sobacos me izó a la escalerilla del autobús y seguido noté el golpe brutal bajo mis pies (el mismo que notaron todos los pasajeros y el conductor, y más que nadie el propio autobús): Los dos estábamos a bordo. Durante el viaje siguió preguntándome acerca de Odette.