martes, octubre 7

Uno

Soy tan despistado que el día que me quedé ciego al principio no me di cuenta. A las siete menos cinco sonó el despertador, el único amigo cuya puntualidad odiamos, con esos estúpidos cinco minutos de adelanto que en realidad son un pobre regalo para nuestra pereza, para refugiarnos en la esquina opuesta de la cama, escuálida prórroga que de poco sirve antes de afrontar entre legañas y tropiezos el pasillo, camino a la ducha. Claro que aquella mañana de junio los tropiezos fueron más y las legañas poco relevantes. Al principio caminaba sin ver que no veía, bajar de la cama era un gesto de autómata, y las eses en el pasillo casi estaban marcadas sobre el parqué. Muchas otras mañanas he caminado sin apenas abrir los ojos, atisbando la sombra desenfocada de mis propias pestañas como única referencia, así que sin demasiado decoro excuso así mi despiste.

Quizá debí darme cuenta al chocar de bruces contra la puerta del cuarto de baño. Por una vez en mi vida se conoce que dejé la puerta cerrada la noche anterior, quizá incluso la tapa del váter estuviera decorosamente bajada. En cualquier caso hasta el más sonámbulo abre los ojos cuando estampa la nariz contra la madera, pero permitidme que siga excusándome: Por mucho que uno no vea, no es demasiado ilógico que preste más atención al dolor, sobre todo si el choque ha sido especialmente violento. Aunque no recuerdo exactamente si lo fue.

Eché de menos mi vista ya debajo del agua, que por las mañanas caliente asfixia y fría directamente golpea, casi acuchilla, antes de desperezar. Bajo una o bajo otra, uno abre los ojos como si el blanco refulgir de los azulejos pudiera asistirle en algún modo insospechado. Lo cierto es que dejar pasar desde el despertar aunque sólo sea unos minutos convierte la ducha de una necesidad a un despabilamiento agradable, que uno acomete casi por gusto y, sin embargo, a pesar de ésto, continuamos (yo al menos, pero en la cotidinía de lo que para mí ya es un hecho me resulta cómodo extrapolarlo a mis vecinos y mis conciudadanos y aún es más compatriotas o en resumen el mundo entero) metiéndonos invariablemente a la ducha recién levantados, con muchas de nuestras funciones vitales aún en letargo.

Pero esta mañana en concreto no pude siquiera implorar la insospechada ayuda del blanco refulgir de los azulejos; tampoco me la hubieran servido, pero no pude llegar a constatar lo que por otra parte uno ya sabe aunque aún continúe medio dormido. En su lugar, me asistieron la incertidumbre y la sorpresa, primas hermanas y a veces incluso hermanas siamesas, y una mancha incierta entre blanca y negra pero jamás gris, y lejos de cualquier término medio sin ser ni blanca realmente ni negra del todo. Igual que había pasado por alto la ceguera durante mi primer minuto despierto, olvidaba ahora que el agua todavía golpeteaba como indignada mi rostro y mis hombros (y ya no más allá, de mis hombros para abajo tenía que contentarse con llegar resbalando, cada vez más dispera, olvidada ya, parecía, esa indignación que emanaba aún fresca del grifo). No es lo mismo, lo sé, pero reconocedme que al menos son más motivos para la excusa.

Por eso cuando el casero llegó a auxiliarme me encontró tan desnudo como confuso sobre el parqué del pasillo, habiendo dejado un largo garabato de gotas de agua a mi paso, dibujando el caos de mi paseo desquiciado, como el de quien busca absurdamente: quién sabe si en una de estas me doy la vuelta y me encuentro con mi vista. Le había llamado por teléfono entre gritos y preguntas sin sentido alguno (no gramatical, desde luego) y no sé muy bien por qué le elegí a él y no a cualquier otro. En realidad, si debo justificar la decisión, he de decir que no elegí en atención a la identidad de quien al otro lado descolgaría el teléfono, simplemente una vez ante el aparato la primera combinación que mis dedos encontraron (de cuantas residen en mi memoria y pugnaban por salir en este instante en que se las necestiaba) fue, sencillamente, esa, y si he de señalar la razón detrás del motivo, recordaré que era ese el último número que la noche anterior había tenido que marcar -por motivos que aquí no vienen al caso.

La histeria no me duró mucho tiempo pero sí el suficiente como para desesperar también a mi casero, que acabó por marcharse para pedir a otros que se encargaran del desaguisado, que no era tanto yo mismo como el escándalo que estaba montando. Cada cual tiene sus preocupaciones, y a las siete de la mañana no despertar a ninguno de los vecinos seguía siendo una prioridad para él, por encima de mis recién estrenados nuevos problemas. Para cuando llegaron los demás, no recuerdo si primero la ambulancia y luego los vecinos o tal vez primero ellos y después la ambulancia o prácticamente ambos a un tiempo, yo ya había asimilado mi condición de nuevo ciego, intranquilo y aún desconcertado pero ya casi calmado al menos.

Luego llegaron los análisis y los silencios que yo traducía en gestos graves, miradas de preocupación y labios apretados; el blanco refulgir ahora en los azulejos del hospital que tampoco me asistían, yo no los veía, pero que no me ayudaron es un hecho; las palabras que no conseguían llegar a tener sentido en mi cabeza, aunque sí gramatical: “una enfermedad degenerativa”, pero nada había degenerado en mí, había llegado por sorpresa, tanto que yo no me había dado cuenta al principio y zigzagueé por el pasillo y sólo ya bajo el grifo de la ducha noté que algo faltaba. Degenerar es tan diferente, es levantarse y atravesar recto y exacto el pasillo, hacerlo en eses mañana y caerme al intentarlo pasado, o pasar por una sospechosa fase de saludo forzado antes de acabar por retirarle a alguien la palabra. A mi dejaron de hablarme sin previo aviso, iba tan recto y caí de sopetón al piso.

Ellos vieron tan normal mi misterio, es decir, en verdad lo observaban como un no-misterio tan relajadamente, que esa misma noche ya estaba en casa, en cama y despierto, y fuera sonaba un acordeón que cada noche de las anteriores había oído pero no escuchado. El aburrimiento abría camino a pensamientos de todo tipo y también me obligaba a entretenerme con supersticiones cuando los razonamientos más pretendidamente lógicos ya se me agotaban, así que imaginaba que el acordeonista y vagabundo bajo mi ventana, o sólo acordeonista, o sólo vagabundo, quizá hubiese pactado con fuerzas oscuras mi presente desgracia para obligarme, ahora que mi vista ya no podía centrar todas las atenciones de mi cerebro, a atender a mis otros sentidos. Así, ahora estaría condenado (el matiz infernal, como de brujería negra, que adquiría aquí la palabra me venía que ni pintado) a escuchar lo que hasta entonces solamente oía. Luego me indignaba conmigo mismo (qué cruel enfadarse con un minusválido) y me obligaba a abandonar estas novelescas elucubraciones.

Pero innegable era que el vagabundo o acordeonista o vagabundo acordeonista seguía allí abajo haciendo sonar su acordeón y no podía hacer más que seguir escuchando, a ratos quizá imaginando cómo sería (nunca antes le había visto y ahora me daba perfecta cuenta de que tampoco nunca antes me había parado a pensar cómo sería), si vestía quizá un jersey de cuello alto con el que proteger la garganta del frío de la noche parisina, de lana negra para ceder así todo protagonismo al blanco refulgir de las teclas del instrumento (brillantes bajo la luz amarilla de las farolas, ese amarillo, intentaba recordar). En verdad no hacía tanto frío como para vestir abrigo o cazadora o siquiera una chaqueta, un jersey negro y de cuello alto cumpliría esa noche más de lo necesario e incluso pudiera ser que cayera una fina película de sudor por su frente ancha pero tan echada encima de sus cejas, trazando en las arrugas horizontales desviaciones y afluentes que cruzarían al ritmo del esfuerzo de la interpretación, del baile de sus hombros, de las exigencias de la pieza.

Si escuchaba con mayor atención, si intentaba multiplicar mi atención, unos metros más allá del acordeón no pocas voces me dibujaban un gentío azul, porque como el día es difuso y variante, la noche siempre es azul aunque la luz de las farolas insista en escanciar sobre el lienzo, como sin criterio ni verdadero empeño, decenas de pequeños puntitos amarillos, y aunque en esta pelea consiga al menos que en las fotografías la noche entera se disfrace con un intermedio tono anaranjado. Fue el mismo día en que perdí la vista que una ambulancia cruzó mi calle, y su sirena era azul, aunque la luz fuese naranja; pero no era para mí.

El acordeón paró y lo noté. Al instante. Las voces se habían girado para ver pasar la ambulancia, me daban ahora la espalda, todas ellas. Luego con pereza volvieron a sus posiciones y la calle recuperó su ritmo y su música (y el acordeón), y esa música (y ese acordeón) y el murmullo volvieron a mi cama, todos ellos. Detrás, a través de las cuatro paredes de mi habitación o al menos algunas o alguna de ellas, la música era otra, no eran voces ni murmullos ni gentío, ni era azul, ni era un acordeón ni realmente música alguna. Empecé a prestar mi atención a esa pared, en verdad sólo una de las cuatro, empecé a atender a lo que podía escuchar detrás: Una voz única, quién sabe si al teléfono, apenas audible desde mi lado de la pared pero lo suficiente para sentirla dulce y repentinamente protagonista.

Pronto entró otra voz, pero sólo era un adiós y un nombre, Odette, hasta mañana Odette. Sí, hasta mañana, contesté, y ella también respondió aunque no a mí, sino lógicamente al nuevo interlocutor (para mí ya intruso), pero aún así su respuesta me anestesiaba desde su lado de la pared, tan dulce. Su boca no era azul, no tenía sentido, el azul de la noche es frío y su boca es cálida (pero no asfixia ni siquiera recién despertado). (Realmente no podía saberlo ya que era ésta la primera vez que la escuchaba y no acababa de despertarme, aunque así me sintiera.) Desde su lado de la pared su adiós llegó tan dulce.

El mismo día que perdí la vista conocí a Odette, su rostro, una primera parte.


2 comentarios:

Safi dijo...

sigue... kiero mas!!!

DAVID R. LOSADA dijo...

Allá vamos! Hoy mismo publico el segundo capítulo. :)